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El encuestador

Escena en una comisaria de los Mossos

Por motivos que me putean, el jueves fui a hacer mi inauguración particular de las comisarías de los mossos en Barcelona. Resulta que perdí la tarjeta de crédito y no me di cuenta hasta unos cuántos días más tarde. El simpático que se la encontró aprovechó para hacer unas compras que tenía pendientes, de un valor total de 73 euros aproximadamente. Pero no os agobiaré con mis problemas, tan sólo es para situar la escena.

Acostumbrado a otras bondades pasadas de algunos de mis estimados conciudadanos barceloneses, me dirigí primero hacia una comisaria de la Policía Nacional que tenía bien cerca. A la puerta había un policía charlando con otro hombre. Yo me dirijo directo a los interior momento en el cual él me intercepta y mantenemos este pequeño diálogo ahorrador en palabras:

Policía Nacional: ¿Dónde va?
Encuestador: Hola, querría poner una denuncia.
Policía Nacional: Mossos.
Encuestador: Dónde.
Policía Nacional: Lepanto 347-349.
Encuestador: Vale, gracias, adiós.

Tranquilamente, acordándome de la familia del ladrón, me dirijo hacia la calle Lepant 347-349, dónde está la comisaría de los Mossos de Horta.

Tras subir unas escaleras entro al fin a la comisaría. Abro una puerta de vidrio y aparezco en una pequeña habitación de paredes blancas y negras. El blanco de las paredes es debido a qué hubo un día en el cual fueron pintadas. El negro es debido a todo de marcas de suelas de zapatos que decoran la mitad inferior. En las paredes también se pueden observar miles de pequeños agujeros de llaves cada uno de los cuales seguramente tiene una larga historia que explicar. Sólo un par o tres de pósters dan a la habitación un aspecto bastante desolador. Unas cuántas sillas, otra puerta y una mesa en una esquina con un mosso detrás conponen el resto de paisaje.

Pienso: "caramba, ¡qué suerte! No hay nadie esperando, estaré muy poca rato!". Intercambio saludos con el mosso y le hago conocer el motivo de mi visita. Muy amablemente me dice que me siente y empezamos a formalizar la denuncia. Me pregunta dónde y cuando fue el robo y cuando yo, despiste, me doy cuenta de éste. Entonces ya me podría haber fijado que no tardaría tan poco rato. No quiero ser duro con el buen hombre que me atendió, pero sería tan cierto decir que iba muy rápido como tildar a Bush de comunista. Alternadamente pero nunca a la vez, iba escribiendo con la vista fijada en el teclado e iba mirando el monitor sito encima de un paquete de folios.

Con la intención de pasar el rato yo intento distraerme escuchando lo que decían en la habitación del lado, desde dónde salían frases del estilo “terrorista” y "hijo de puta”, pero no era una discusión, sino que explicaban no sé yo qué. La diversión se me acabó en el momento que otro mosso lanzó un ojo a la habitación y cerró la puerta al ver que yo miraba. De pronto mi mosso larga una palabra. “¿Catalan?”. No sé si se refería a si yo era catalán, a si hablo catalán o, más probablemente, a si quería la denuncia en catalán. Como que la respuesta a todo esto era que sí, no me molesto en ir más a fondo y digo que sí. Me pide la dirección de dónde fue el robo. Como que no la sé con exactitud la busca en la guía de la ciudad de Clos. No lo encuentra y le digo que si tiene internet lo encontramos en un momento, a lo cual él me contesta que no tienen, que sino esto ya sería "can pixa".

Me pide que le explique más detalles, la redacción de los cuales le lleva entretenido otro buen rato. En este larguísimo periodo de tiempo en qué me pregunté si ya habría empezado la tercera guerra mundial o si la Sagrada Familia seguiría en pie, los terroristas de la habitación del lado se van. Entra una extranjera que dice que ha perdido los papeles y la pasan a atender a la habitación dónde antes estaban los terroristas. Cuando ella sale mi mosso todavía está redactando lo qué me pasó.

Mientras varias llamadas van interrumpiendo mi denuncia, se acerca otro mosso que tan sólo se dedica a mirar con cara morbosa la pantalla del ordenador para saber qué me ha pasado. Sin decir nada se vuelve a la otra habitación.

Finalmente, cuando mi imaginación me había permitido dar dos vueltas al mundo, me dice que ya ha acabado y prosigue a leerme lo que ha escrito. Cuando acaba me dice “¿Correcto?”. No lo era mucho, porque de hecho en ninguna parte figuraba que me habían tomado prestado 70 euros y sólo hacía referencia a la tarjeta. Pero a sabiendas de como de inútil era aquella denuncia, que sólo la necesitaba para el banco por no sé qué historias, y conociendo su rapidez me limito a contestar: “Sí”. A todo esto ya habían pasado unos 40 minutos. Durante otros 10 minutos acaba de retocar ve a saber el qué y al final, en medio de una gran emoción y mucha hambre por mi parte, imprime la denuncia.

Le doy las gracias y dando un último vistazo a la habitación parto. Es curioso, acabo de leer por internet que las obras para construir la comisaría de los mossos de Horta han tenido un presupuesto de 10,2 millones de euros. Los dos posters serian de lujo, supongo. Bien, la pantalla del ordenador era plana y todo el equipo era Hewlett Pakard. Y yo no vi la habitación del lado, que quizás tenía una decoración mejor que la de la Alambra de Granada. Por lo visto se debía construir algo, pero donde yo he ido es a unos edificios que he visto durante toda mi vida. Quizás me equivoco y hay otros edificios nuevos que no he visto.

Un último detalle, al día siguiente cuando llevo la denuncia a la Caixa Catalunya, mientras la fotocopia el encargado grita: “los mossos escriben más que la Policía Nacional (...) son cuatro páginas!”.

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